Que más podía pedir un niño de casi 30 años en verano que poder cooperar, besar y amar en tiempos tan cortos, que ni pudo darse cuenta de la transcendencia de todo lo que había vivido. Antes de venir el calor, le vino la ilusión, con la posibilidad de volar a tierras desconocidas y hermosas a alegrar a niños que no conocía, adultos que no entendía y a jóvenes valientes que deseaban ayudar y dar ilusión. Iba a cumplir su sueño de viajar por algo más que contemplar. Creía, que destinado únicamente a vagar por las tierras de l’Horta Sud y a la orilla del Mediterráneo las cosas increíbles sólo se podían vivir en esas pelis mágicas que veía aburrido, en su piso que le daba la excusa perfecta para privarse de deseos, de incómodas aventuras.
Quién iba a decirle a ese niño de casi 30 años que antes de viajar a su mundo desconocido, iba a conocer un alma buena, intrigante y hermosa que también quería conocerle a él y cuyo mensaje de despedida fue un beso de quizá un ¿hasta luego?
Cómo iba a saber ese niño de casi 30 años que serviría de algo en un sitio donde, casi no sirve nada. Y que se sentiría tan querido por gente que sentía el deseo de quererle y que querría tanto a gente que de normal solo apreciaría. Cómo iba a saber que tendría sensaciones terrenales en el limbo de otro mar, de otra costa, de otra huerta. Y que seguiría recordando como hace unos minutos el beso de un alma casi desconocida que le endulzaba los momentos de desesperación y abandono por lo visto y vivido dentro y fuera de la isla.
Cómo podía creerse lo que estaba viendo una vez vuelto a casa, a su Mediterráneo.
Qué podía imaginar ese niño de casi 30 años que volvería duplicar, o incluso triplicar, su amor por su angel de la guarda que siempre desde la lejanía de sus viajes por conquistar el corazón de intelectuales de todo el planeta. Esa personita que desde las antípodas le sigue escuchando cómo antes. Que tras miles de miles de millones de desencuentros y pausas silenciosas seguía creyendo en él y a pesar de sus incoheréncias seguía aceptando lo que dice. Que bueno es amar a quien se lo merece, pensaba ese niño de casi 30 años.
Que podía pensar ese niño de ya 30 años, que iba a volver a sentir lo que imaginaba volver a sentir en un periodo normal de su vida más o menos en otro corto lustro. E iba a recibir grandes regalos de amor y cariño de gente que quería y gente que ni conocía.
¿Sabía este niño de 30 años que iba a tener uno de los mejores veranos de su vida?





